Eros Artifex

Sólo nos enamoramos de un rostro.

(Casanova de Seingalt, Memorias)

Lelio, legendario rey de Frigia, se consumía de concupiscencia mirando la estatua de una jovencita o de un efebo desnudos. Amaba esas formas tiernas, esas figuras graciosas detenidas en la perfección del movimiento. Pero las estatuas son materias inertes que se rehúsan a la reciprocidad, por lo que los ímpetus lascivos de Lelio no encontraban ninguna correspondencia.

En vano intentó con doncellas vivas, con efebos de carne y hueso: apenas se quitaban la ropa, quedaban degradados ante sus ojos. Le parecían malolientes, torpes, el que no ostentaba un grano lucía el acné o la dentadura dispareja, abrían la boca sólo para decir sandeces, sus vellosidades eran antiestéticas y sus conductos íntimos hedían. Lelio se resignó a la contemplación de la estatuaria.

Cierta vez apareció en Bitilis, la mítica capital de Frigia, una criatura misteriosa, nunca vista antes, y de una belleza corporal que enloquecía las aspiraciones impúdicas de hombres, de mujeres y de los perros lúbricos. Venido no se sabe de dónde, lo llamaron Hebdómeros, que significa tampoco se sabe qué. Anoticiado, Lelio ordenó que le trajesen a ese extraño forastero.

En cuanto lo vio, el rey se precipitó en las simas más profundas del arrobo erótico. Hebdómeros estaba totalmente recubierto por una suerte de funda, o de película, color del bronce pulido, tan ajustada a su cuerpo que parecía su propia piel y que exaltaba todas las curvaturas y los abultamientos. Lelio le pasó las yemas de los dedos, y así pudo comprobar que era de un raso finísimo y provocaba estremecimientos voluptuosos.

La cabellera, rubia y rizada, había sido hecha con hebras de un material sedoso. Minúsculas láminas de oro usurpaban la función de las uñas. Y todas sus partes difundían un perfume intenso, tórrido, como de muchas flores maceradas en algún licor enriquecido con especias y con hierbas afrodisíacas.

No se podía adivinar su sexo (ni el rey, agradado por esa ambigüedad, quiso averiguarlo), pues no pronunció una palabra. En el lugar donde la condición masculina o femenina se delata, la piel artificial se acomodaba a una comba que lo mismo podía ser un monte de Venus enjundioso que el aplastado pubis de un adolescente y, en el pecho, dos turgencias simétricas permitían la duda entre las tetas iniciales de una virgen y los desarrollados músculos de un gimnasta.

Por lo demás, Hebdómeros estaba enmascarado. Tenía el rostro oculto tras lo que semejaba las dos alas desplegadas de un pájaro o de una mariposa gigantesca. Construída con una sustancia secreta, de un negror absoluto, rígida y brillante, la máscara desbarataba cualquier pretensión de imaginar los rasgos de Hebdómeros. A través de unos orificios brotaban fosforescencias como las que hacen relampaguear los ojos de los gatos nocturnos.

Al caminar, el cuerpo grácil, de cintura estrangulada, ondulaba en sinuosidades perversas. Apoyaba los pies con el paso artístico del danzarín, las piernas entretejían un frotamiento de reptiles somnolientos y la doble protuberancia de las nalgas fingía una boca cuyos labios carnudos paladean el último sabor de una golosina. Sólo la cabeza se mantenía firme, erguida y orgullosa como indiferente a las turbulencias del cuerpo.

Lelio, más borracho que si se hubiese bebido todos los soleados vinos de la Magna Grecia, aspiró aquellos perfumes alcohólicos, palpó aquellas formas apetitosas, entrelazó sus brazos con los miembros serpenteantes, y entonces supo que Hebdómeros era el único ser vivo a quien podía amar.

Pero no nos enamoramos sino de un rostro.

De un rápido manotazo lo despojó de la máscara.

Debajo apareció otra máscara. La arrancó y apareció otra, y después otra, y otra, y otra, y a medida que iban apareciendo progresaban en monstruosidad inhumana hasta que fue imposible mirarlas sin enloquecer. Los servidores de palacio oyeron los aullidos, acudieron con armas porque creían que algún crimen u otro hecho nefando sucedía, y al entrar encontraron a Lelio revolcándose en el suelo y echando espuma por los labios, entre un montón de horribles máscaras a las que, con sus puntapiés y sus puñetazos, hacía volar como si fuesen aves o mariposas brotadas de una pesadilla.

Hebdómeros había desaparecido y nadie volvió a verlo. Se cree que fue un enviado de los dioses. Lelio no recuperó la razón.

Marco Denevi.

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