Cole Thompson

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Galería

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La llave perdida

Takuji Takahashi

Cierta vez un sufí oyó que un hombre decía:

– He perdido la llave. ¿Alguien la ha visto en algun lado? La puerta de mi casa está cerrada y aquí estoy, a la intemperie. ¿Qué haré si la puerta permanece cerrada? Seré por siempre miserable.

-¿Quién dice que serás miserable? – preguntó el sufí. Puesto que sabes dónde está la puerta, ve y permanece cerca de ella por más que esté cerrada. Si pasas allí un buen rato, seguramente alguien ha de aparecer y abrírtela. Tu situación no es tan mala como la mía. Para mi dilema no hay solución: no tengo llave ni puerta.

Attar

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Cuento súbito

Kunisada II Utagawa

Erase una vez un cuento que, de repente, cuando aún era posible, comenzó. Para el héroe, que se puso en camino, no había en eso nada repentino, por supuesto; ni en el ponerse en camino, cosa que se había pasado la vida entera esperando, ni tampoco en el desenlace, pues éste, cualquiera que fuese, le parecía, como el horizonte, estar siempre en algún otro sitio. Pero para el dragón, como era muy bruto, todo resultó repentino. Se sentía súbitamente hambriento, y, sin más, súbitamente, ya estaba comiendo algo. Siempre era como la primera vez. Y entonces, súbitamente, recordó haber comido ya algo parecido: cierto sabor agrio y familiar… Pero, de la misma manera repentina, se le olvidó. El héroe, al encontrarse repentinamente con el dragón ( llevaba años de penoso viaje por selvas encantadas, desiertos interminables, ciudades carbonizadas por el aliento de los dragones, de modo que la palabra repentinamente no le parecía la más apropiada), sin saber cómo sintió envidia, al desenvainar la espada ( desenlace posible que se le había presentado de pronto, como si el horizonte, con el desesperado espejismo de lo repentino, se hubiera inclinado), de la libertad sin tensiones del dragón. ¿Libertad?, podría haber preguntado el dragón de no haber sido por lo bruto que era, mientras rumiaba el súbito y agrio sabor familiar (¿un recuerdo…?) en su propio aliento. Pero ¿de qué? (Olvidado.)

Robert Coover

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Mari Boine

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Nadav Kander

 

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Galería

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Antiguas aeromozas

La bella Otero

La bella Otero


La Asociación de Antiguas Aeromozas celebra su convención anual a bordo de un viejo Hércules C-130 donado por una compañía aérea. Son cien, ciento veinte señoras, todas alegres, todas nostálgicas. La reunión en el viejo aeropuerto, hoy fuera de servicio por cuestiones de seguridad, es ya motivo de alegría y emoción. Se saludan, se abrazan, intercambian cumplidos: ¡Cómo está usted bonita! ¡Qué bien conservada!

Se embarcan cantando el Himno de las Antiguas Aeromozas (“Entre las nubes de borde dorado/ reposa un recuerdo, tan atesorado”). Cuando el avión despega, no pueden contener lágrimas nostálgicas. Pero en cuanto la aeronave queda nivelada a una altura conveniente, se disputan con entusiasmo los carritos: quieren servir. “¿Puedo ofrecerle un lunch, señora?” “¿Algo de beber, señora?” Se sigue con la declamación de poemas, la representación de sketches y, al fin, el momento culminante: evocando los tiempos heroicos de la aviación, todas se lanzarán en paracaídas.

Algunos no abrirán. Pero ello está previsto. La vida en las alturas no sería posible sin un mínimo de titilantes incertidumbres.

Moacyr Scliar

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No seas el depositario de un nombre


No seas el depositario de un nombre.
No seas el guardián de tus proyectos.
No te hagas cargo de nada.
No seas detentor de la sabiduría.
Realízate en lo ilimitado,
camina por senderos sin huellas.
Acepta enteramente el don del Cielo,
sin presumir de haberlo obtenido.
Sé tú el vacío: eso es todo y basta.

El Hombre Supremo usa el corazón como un espejo:
a nadie echa, a nadie acoge,
refleja sin quedarse con nada.
Por eso conquista a los seres
sin sufrir daño alguno.

El emperador del Mar del Sur se llamaba Súbito.
El emperador del Mar del Norte se llamaba Furia.
Y el emperador del Centro se llamaba Caos.
Súbito y Furia se reunían a veces en el reino de Caos.
Éste les trataba tan bondadosamente
que Súbito y Furia decidieron recompensarle
y se dijeron:
«Todos los hombres tienen siete orificios
para ver, escuchar, comer y respirar.
Sólo él no tiene ninguno.
¡Vamos a hacérselos nosotros!».
Le abrieron un orificio cada día:
Pero al séptimo Caos murió.

Zhuang Zi

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